mayo 31, 2010

¿Por qué Liz no puede dormir?

Hace poco, Liz entró en un buscador de internet y encontró que probablemente tenía algo llamado síndrome de la fase del sueño retrasada. ¿Síndrome de la fase del sueño retrasada? No, no, no. Lo de Liz es más sencillo. NO PUEDE DORMIR. Lo ha intentado todo: pastillas, películas, libros, infusiones, leche caliente. ¡Hasta contar ovejas! Pero nada. Nada funciona ante su potente compañero de vigilia. Ella se repite que es una mujer de pensamiento poderoso. Que no se deja caer con facilidad, que lo mismo da vencer a la tecnología o a una carrera, que al insomnio.

--Yo soy mejor y más fuerte— piensa furiosa.

A las once de la noche enciende el televisor y apaga la luz. Con el reflejo de la pantalla, tantea hasta llegar a la cama. Se acuesta y acomoda la almohada y el cuello. El resto del cuerpo puede estar como sea, pero el cuello tiene que estar bien acomodado. Con el control remoto pasa los canales y se decide por el History Channel… pero no se aburre, por el contrario, se engancha, y se promete quedarse despierta hasta que termine el documental. ¿A quién se le ocurre programar “La Odisea” a estas horas de la noche?


--Los de programación deben sufrir de insomnio-- le murmura, a nadie.


Son las doce y media cuando apaga el aparato. Está bien despierta, así que prende la luz de la lámpara de la mesita de noche. Toma un libro al azar. Lo abre y de inmediato le pesan los párpados. ¡Que bien! Rápidamente apaga la luz, cierra los ojos cansados, gira hacía la derecha para dormir, pasa el brazo por debajo de la almohada y ahí están otra vez: el libro y el insomnio. El ojo izquierdo se abre al tope, el derecho tiene miedo a rebelarse y permanece cerrado. La última línea que leyó de Frankenstein o El moderno Prometeo, la han traicionado.


“Entonces se oyó el movimiento del mar bajo el hielo. El estruendo provocado por el movimiento del oleaje se hacía cada vez más amenazador y terrorífico. Seguí adelante pero fue en vano. Se levantó el viento; el mar rugió y, como si hubiese ocurrido un poderoso terremoto, el hielo se quebró y se partió con un ruido tremendo y abrumador.”


Qué imprudencia la de Liz. Leer semejante párrafo sabiendo que tiene terror al agua en todas sus presentaciones.  De pelear contra la vigilia, pasa ahora a pelear contra el sueño. Ha dejado la ventana del comedor abierta y la puerta de madera y vidrio que separa el resto de la casa de las habitaciones, se ha abierto y golpea contra la pared metódicamente, debido al viento. Se levanta y camina por el oscuro pasillo y cierra la ventana. Luego la puerta de madera y vidrio y regresa a dormir, pero cada vez que cierra los ojos, ve acercarse con más fuerza y de manera más vívida, las heladas olas del polo norte, de tal manera que se levanta de un golpe, se mete en el baño y se moja la cara. Alza la mirada y le parece haber visto pasar a Frankenstein detrás de ella. En realidad son otros los monstruos que le asustan. Más feroces y hasta mortales: el banco, sus tarjetas de crédito, sus deudas, su eterna soltería.


--Mañana es día de pago, maldita sea— piensa, mientras sacude la cabeza en actitud de negación.


Son las tres de la mañana y le espera un día largo. Ahora si que está desesperada. Quiere dormir pero no puede. Un desfile de imágenes le pasan por la cabeza: el viaje a México, los zapatos Christian Louboutin, la billetera de piel de Chanel. Claro, cómo podría dormir sabiendo que no le alcanza para el alquiler, la fiesta y el mínimo a pagar.  No le queda más remedio que tomar al toro por las riendas. Se mete una pastilla con un poco de leche caliente, se pone el antifaz y comienza a contar ovejas.


--una, dos, treees, cu a t r ooo…-- bosteza a las cinco y veinticinco de la mañana, a una hora y treinta y cinco de levantarse para comenzar con su rutina de todos los días. Porque para Liz, y para todos los que sufrimos de insomnio, todos los noches son iguales.

1 comentario:

TratoHecho.com dijo...

Creo que es un texto ágil y perspicaz.

Nos comparte habilmente la interioridad de una persona en nuestra agitada actualidad.

Se puede establecer una interesante analogía entre el monstruo de Frankenstein que acecha siempre y el sueño, que nunca llega, todo ello en la conciencia de la pobre Liz.

Es precisamente esta incertidumbre, ese insomnio-limbo que petrifica el existir lo que caracteriza a nuestra agitada modernidad, llena de vacío.

Este primer acercamiento a tus letras Ade, me ha parecido estupendo e incitante para la reflexión.

Mil gracias!

un abrazo

Jesús Ademir