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diciembre 06, 2009

Buscando ángeles (r)

Me llaman vicioso. No los entiendo, no me gustan los vicios. Hoy casi ni cené. Lo que sí se da en mi son los viajes. Me gusta viajar. Nací para viajar. Es tan fácil para mí, como cerrar mis ojos. Es todo lo que hago. Aprieto mis ojos cerrados y cuento hasta tres. ¡Uno… dos… tres! Ya no estoy en mi habitación. Siempre pasa lo mismo. Camino por paisajes desconocidos y regreso cuando me aburro. Casi siempre me aburro. Una vez vi la luz al final del tunel. Ese viaje fue divertido. Hoy, es una noche triste, llueve a cántaros, y sólo había una maldita sopa para cenar. Sólo para variar, no voy a apretar mis ojos tan fuerte. Voy a ir a buscarlos... a ellos... a ellos que tienen alas como yo. La última vez casi los toqué.



Cuento hasta tres y caigo como un saco lleno de piedras en el lodo. Al levantar la vista no podía casi divisar el cielo. Los árboles lo tapaban todo. O eran muy altos, o en este viaje, yo era muy pequeño. Me pongo de pie, trato de limpiarme logrando sólo embarrarme más. El paisaje, fangoso, no era el habitual. Era oscuro, contaminado, turbio, sofocante y no me traía buena espina. Di tres pasos. Y tres pasos más… los contaba en caso de tener que regresar por el mismo camino… en este lugar no me quería perder. Que no parezca que tengo miedo… pero, es sólo que, no me quiero perder.




La temperatura se hace cada vez más insoportable. Bochorno. ¡Qué calor hace! Estoy sudando. A pocos pasos, veo luces. Son llamas producidas por mucho fuego, casi casi un incendio. Para llegar, debo bajar una ladera resbalosa y llena de ramas negras punzantes, a veces lucen rojas, por el reflejo de las piras. Lo hice con cuidado pero igual se incrustaban en mis piernas y brazos mientras descendía. Como lo dije antes, el paisaje no me daba buena espina, así que cuando vi siluetas cerca del fuego, analicé lo que hacían antes de acercarme a ellos. Son figuras que se repiten. Decenas de hombres gordos, calvos, de un color leche verdoso, enfermizo, que dejaba entrever sus venas, usando una especie de pañal de liencillo, sucio por los intentos de escapar del fuego. Repiten y repiten sus actos... Suben a los árboles, alto… alto… y de lo alto caen como si el árbol estuviera hecho de mantequilla o ¿de cera? Tiene que ser cera, pues los árboles se consumen por el calor y ellos, que sudan como cerdos, no pueden escapar a ese fuego… que parece eterno. Al principio fue un alivio ver que en la copa de los árboles había niños rubios de cabello ondulado, con los mismos pañales de los gordos. Pensé que eran ángeles, pero no lo son. Les ordenaban entre perversas risas que bajen, que los árboles les pertenecían, gritaban maldiciones, les deseaban que ¡ardan en el fuego! y les tiraban piedras. No son ángeles. Al menos no de aquellos que yo buscaba.



Del otro lado, un riachuelo humeante y fétido, no es suficiente para apagar el fuego, y si se atreven a cruzarlo, los esperan gigantes perros rabiosos con cabezas más grandes que sus cuerpos y dientes afilados, que no ladran… sólo muestran sus colmillos y encías, gruñen y esperan a sus víctimas. Vaya que están hambrientos... se están comiendo a uno. Que banquete se están dando con ese gordo. Este paisaje horrendo me hizo pensar en Dante. En el Tercer Círculo del Infierno de Dante, en el que siempre pensé que iba a ir a parar. Esta fue la señal para volver. Todavía nadie ha notado mi solapada presencia y me parecía que al igual que los gordos, no iba a poder escapar. Giro sigilosamente mi cuerpo, apretando mis ojos cerrados, y tropiezo con un árbol que bloquea mi paso. Sin abrir los ojos me muevo a la derecha y me quemo. ¡Que desgracia, sigo aquí! De lo alto, me cae una piedra puntiaguda que me rompe la ceja y parte de la frente. Los gemidos, lamentos, amenazas y maldiciones, están muy cerca… los escucho mientras el árbol me arrastra sin piedad, hacia los prisioneros del bosque. Las ramas afiladas como lanzas, se incrustan en mi cuerpo que sangra y se pone verdoso. ¿De color leche... verdoso?



En el trayecto he perdido mi ropa, sólo traigo el pañal que es casi imposible de divisar por mi enorme barriga… Los pequeños capataces de Behemot parecen reírse de mí, tienen chocolates en sus manos… y yo casi no cené. Me abalanzo sobre el árbol para alcanzarlos, pero mi cuerpo gordo patinaba hacia abajo. No es preciso decir, que de este viaje, todavía no he regresado… debí haber apretado más fuerte mis ojos. Sólo quería ver ángeles. Pero no éstos. No estos ángeles... Debí apretar más fuerte… más fuerte… más…

noviembre 15, 2009

La mujer de la túnica negra (r)


Hacía meses que no podía dormir tranquilo.  Tengo ligeras sospechas de la acción que causó esta reacción.  No soy un ángel.  Nunca pretendí serlo y ella lo sabía.  En las madrugadas, era común despertarme con el menor ruido.  Temor.  Sentía temor, cuando el viento levantaba la cortina y detrás, puedo jurar que estaba ella.  Sin rostro, su cara desdibujada era plana, blanca, borrosa, sin facciones.  No sé por qué pensaba que era ella.  Vigilándome en silencio.

Mal dormido, recibí la llamada de Juan, un empleado de “La Manolita”, la hacienda de la familia. Me contó que un grupo de indios de la propiedad vecina habían ahuyentado a todos nuestros empleados, uno a uno. Ya no sabía qué hacer, y me pidió que fuera a negociar con los agresores para terminar la disputa.  No había regresado desde el último verano.  Aproveché la llamada para ir y expiar mis culpas.  Tomé mi vehículo y me dirigí de inmediato del Valle a Santo Domingo. Ya en la carretera, llovía torrencialmente y todo indicaba que un deslave era lo que tenía detenido el tráfico.  Abrí la ventana para fumarme un cigarrillo hasta que los autos comenzaran a moverse. Me había detenido en una curva, acorralado por una espesa neblina y la abundante lluvia.  Con dificultad podía ver las luces del carro de adelante.  Me llamó la atención una casa que lucía abandonada ubicada al borde del abismo, y que en este escenario, lucía terrorífica.  En silencio pensé, que ni los muertos podrían alojarse en estas condiciones.

El tráfico comenzó a agilizarse y el frío del exterior que calaba los huesos, me hizo reclinarme a la derecha para cerrar la ventana y continuar mi camino. Al alzar la mirada, mi cuerpo sufrió un remezón.  El espectro que suele espiarme detrás de la cortina, me estaba observando desde el filo del camino. Se deslizó entre la neblina en cuestión de milésimas de segundos, se arrimó a la ventana y con un tono agudo y deforme me dijo “omaet, oetam”.  Mi corazón se aceleró, pisé el pedal y avancé lo suficiente para ojear por el retrovisor, y encontrar que aquella imagen que tanto temía, ya no estaba allí. Era la primera vez que me hablaba, pero, ¿qué me había querido decir?, ¿omaet, oetam?  Aquella frase que no había entendido sólo la habría de olvidar por poco tiempo.

Pasado el mediodía, llegué a “La Manolita” para solucionar el problema de tierras. Al arribar, busqué a Juan y lo encontré colocando paja seca en las caballerizas. “Juan, muéstrame dónde están los indios y ensilla mi caballo”. También le pedí que fuera a buscarme una lámpara de diesel de las del abuelo, pues en esta época del año la noche caía inclementemente, como una tabla, sin previo aviso.  Me quedé para hacerle compañía a Icaro, notablemente abatido por la falta de cuidados y del preparador. Mientras esperaba, se puso tan oscuro, que casi no podía ver al animal.  Me sobresalté al oir el rechinar de la puerta sin aceitar, y grité “¡Juan, estoy aquí!” dirigiendo mi vista hacia la entrada. No había nadie. Icaro relinchó y se puso de manos. No pude reaccionar, pues súbitamente sentí sobre mi hombro, el gélido respiro de la defectuosa voz que susurraba “omaet, oetam”. En un acto de cobardía corrí sin mirar atrás y en el trayecto me tropecé´con Juan. Le pregunté ¿quién era la mujer que estaba en el establo?, me respondió “No patrón, solo yo habito la hacienda”.  -¿Y Ana?- pregunté.  El viejo, o no me escucho o no me quiso responder.


La oscuridad vino acompañada de una tormenta que se hacía cada vez más fuerte y yo, que no había resuelto el tema de los indios, con recelo decidí pasar la noche en la hacienda.  Juan me llevó a la única habitación que tenía preparada. Yo, seguía pensando en la visión que me acosaba cada vez más seguido, y que desafiantemente se acercaba más.  El estruendo producido por los rayos, el tic tac tic tac...tic...tac... de un viejo reloj, pero sobre todo mi mente atormentada que repetía “omaet, oetam, omaet, oetam” sin parar, me espantaban y no me dejaban descansar.  A la medianoche, comencé a escuchar golpes secos producidos por pedradas tiradas contra las paredes de barro de la casa. Preferí pensar que eran los indios que venían a intimidarme.  Tomé la lámpara y abrí la cortina... abrí la cortina... “omaet, oetam, omaet, oetam”, sentí pavor y cubrí velozmente la ventana, como si sólo eso bastara para que el fantasma de la túnica negra se desvaneciera. 

Una piedra atravesó el vidrio de la ventana y ahora podía escuchar su voz, retumbando en mi cabeza más cerca y más fuerte, ¡más fuerte!, ¡mááás fuerte!  Huí por un estrecho pasillo que me llevaba a la habitación que había usado en las últimas vacaciones, la del abuelo, donde recordé que guardaba un crucifijo y un revolver.  No había nada en las desiertas paredes, la cama no tenía lencería y el velador estaba vacío, yermo, como el nuevo paisaje de la hacienda.  Dentro del cajón sólo encontré una foto.  Era la hija de Juan con quien había tenido una aventura, y que cuando me informó que estaba embarazada, le dije que no me haría responsable. -Ana, ¿estás loca?, soy demasiado joven- en realidad, sólo quería zafar ese compromiso, en casa me hubiesen matado por andar en estos líos con la hija del capataz.  Seguí buscando el revolver desesperadamente, mientras escuchaba el crujir del piso de madera y los pasos avecinándose a la habitación. “Juan, que alivio, ¡eres tú!, ¿dónde está Ana?”. Con mucha ira me lanzó un sobre con una carta que su hija me había dejado.  Ana había tomado la decisión de acabar con su vida debido a la desilusión, que yo le había causado.  Detrás de la foto, Ana había escrito “Mateo, te amo”. No bastaron mis lágrimas para expresarle mi arrepentimiento a Juan, él ya tenía en su mano el revolver con el que Ana se había disparado.